Me disponía a escribir un artículo sobre literatura y solidaridad, que reflejase el espíritu del club, y que a su vez transmitiese por igual ambos valores…Una ardua tarea, pensé. Y mientras mentalmente elucubraba el esqueleto del texto, me topé de casualidad, en una casualidad con intención, como son todas las casualidades, con que alguien, ya había escrito sobre ello. En estas reflexiones, Félix Rebollo Sánchez, nos lleva de viaje por la historia de la literatura con una maleta, lo suficientemente grande para que contenga la palabra justicia, y yo, podría contarlo con otras palabras, pero quizá, no mejor…

Nada hay más útil que la literatura. Ella nos enseña a ser libres, a interpretar la realidad; a ser nosotros. Claro que la literatura no es -rememorando a Antonio Muñoz Molina-  “aquel catálogo abrumador y soporífero de fechas y nombres con que nos laceraba el profesor…, sino un tesoro infinito de sensaciones, de experiencias y vidas que están a nuestra disposición igual que lo estaban a la de Adán y Eva las frutas de los árboles del Paraíso”.
La literatura es un pozo inagotable donde al mismo tiempo podemos contemplarnos, mirar dentro de nosotros y también más allá del alcance de nuestra mirada. No puede ser de otro modo ya que en ella se encuentran los parámetros por los que nos desenvolvemos en la vida. Sin esa literariedad nos faltaría la savia de nuestro conocimiento existencial, y la utilidad o no de ésta no tiene consideración como tal; ¿cómo vamos a pensar sobre algo que es consubstancial al ser humano? Y uno de los aspectos desarrollados en la literatura es una palabra clave en la conciencia humana: Solidaridad, y solidaridad está más cercana a la “justicia” que a la caridad, porque el dinero como fin no solucionaría los problemas del mundo, sino precisamente la solidaridad y la justicia. Exactamente lo que pide Galdós a través de ese gran personaje, llamado N I N A, en Misericordia, que no es caridad sino justicia. ¿Cómo es posible que en  el siglo ventiuno todavía sigamos pensando en tantas “Ninas” para socorrer al necesitado, incluso, y diría más, en los países que se ufanan de desarrollados?

Podemos partir de la base de que la Literatura no es algo aislado sino que es el reflejo de la situación política, social o económica de un país, pero también del hombre ante su conciencia. La literatura, por ende, debe convertirse en una defensa contra los despropósitos de la vida. Por eso, no sólo debe ser notario de la realidad, sino que los acontecimientos de un momento dado deben incidir sobre la obra literaria, y ésta debe servir de instrumento para denunciar ciertas formas de vida, de tal forma que el posible lector se incline fehacientemente para acabar con la injusticia social. Así lo entrevió, por ejemplo, Bertolt Brecht en el año 1932 cuando publicó su “Loa de la dialéctica” en la que podemos observar la incitación del oprimido para que luche contra la injusticia de los opresores y así se transforme todo lo que de reprobable exista.

En las Antillas surgió una poesía afrocubana de llamativa originalidad. El poeta que más  se ha distinguido en su difusión ha sido Nicolás Guillén. Con su poesía sonora, vibrante, sensual y rítmica presenta la denuncia de las injusticias. Se pone al lado de los débiles, de los que no tienen voz para elevarlos a la categoría de lo bello; pero sobre todo para hacernos comprender que tienen la misma condición que el resto de los humanos. En el año 1934 publicó el poema titulado “Dos niños” en el que nadie puede ser ajeno a la triste realidad de seres indefensos e inocentes por encima de las razas y el color: “Dos niños, ramas de un mismo árbol de miseria, / juntos en un portal bajo la noche calurosa, / dos niños pordioseros llenos de pústulas, / comen de un mismo plato como perros hambrientos / la comida lanzada por la pleamar de los manteles. / Dos niños: Uno negro, otro blanco. / Sus cabezas unidas están sembradas de piojos; / sus pies muy juntos y descalzos; / las bocas incansables en un mismo frenesí de mandíbulas, / y sobre la comida grasienta y agria, / dos manos: Una negra, otra blanca. / ¡Qué unión sincera y fuerte! / Están sujetos por los estómagos y por las noches foscas, / y por las tardes melancólicas en los paseos brillantes, / y por las mañanas explosivas, / cuando despierta el día con sus ojos alcohólicos. / Están unidos como dos buenos perros… / Juntos así como dos buenos perros…/ uno negro, otro blanco, / cuando llegue la hora de la marcha / ¿querrán marchar como dos buenos hombres, / uno negro, otro blanco? / Dos niños, ramas de un mismo árbol de miseria, / comen en un portal, bajo la noche calurosa“.

El mal es demasiado para que pueda ser combatido por el hombre; con estos versos expone las deficiencias de la sociedad industrial y la ´res publica´ descrita por Rouseau y otros pensadores del siglo de las luces. La sociedad es reducida al caos y se destruye el orden: “Invierte el sufrimiento posiciones, da función / en que el humor acuoso es vertical / al pavimento, / el ojo es visto y esta oreja oída…”

Con Poemas humanos César Vallejo ha conseguido acercarse al hombre y llegar al latido existencialista. Famoso es el poema titulado “Traspié entre dos estrellas” en el que se sumerge en el ser humano: “Hay gentes tan desgraciadas, que ni siquiera / tienen cuerpo; cuantitativo el pelo, / baja, en pulgadas, la genial pesadumbre; / el modo, arriba; / no me busques, la muela del olvido, / parece salir del aire, sumar suspiros mentalmente, oír / claros azotes en sus paladares! / Vanse de su piel, rascándose el sarcófago en que nacen / y suben por su muerte de hora en hora / y caen, a lo largo de su alfabeto gélido, hasta el suelo. / ¡Ay de tanto! ¡ay de tan poco! ¡ay de ellas! / Ay en mi cuarto, oyéndolas con lentes! / Ay en mi tórax, cuando compran trajes! ¡Ay de mi mugre blanca, en su hez mancomunada! / Amadas sean las orejas sánchez, / amadas las personas que se sientan, / amado el desconocido y su señora, / el prójimo con mangas, cuellos y ojos! / Amado sea aquel que tiene chinches, / el que lleva zapato roto bajo la lluvia, / el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas, / el que se coge un dedo en una puerta, / el que no tiene cumpleaños, / el que perdió su sombra en un incendio, / el animal, el que parece un loro, / el que parece un hombre, el pobre rico, / el puro miserable, el pobre pobre! / Amado sea el que tiene hambre o sed, pero no tiene / hambre con qué saciar toda su sed, / ni sed con qué saciar todas sus hambres! / Amado sea el que trabaja al día, al mes, a la hora, / el que suda de pena o de vergüenza, / aquel que va, por orden de sus manos, al cinema, / el que paga con lo que le falta, / el que duerme de espaldas, / el que ya no recuerda su niñez; amado sea / el calvo sin sombrero, / el justo sin espinas, / el ladrón sin rosas, / el que lleva reloj y ha visto a Dios, / el que tiene un honor y no fallece! / ¡Amado sea el niño, que cae y aún llora / y el hombre que ha caído y ya no llora! / ¡Ay de tanto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellos!”

Uno de los hechos literarios españoles más importantes en la segunda mitad del siglo XX fue la aparición de la poesía social, cuyo sustrato lo hallamos en Rafael Alberti y Pablo Neruda; sin olvidar a Federico García Lorca y su libro Poeta en Nueva York. Su estancia en la ciudad-expresión máxima de desarrollo- llevó al poeta hasta el agotamiento y la rebeldía. Con dos palabras resume su visión neoyorquina: “Geometría y angustia“. El acento social al contemplar tanta deshumanización se incorpora a su obra. El materialismo más atroz y la esclavitud del hombre son contemplados por el poeta  granadino como una bofetada a la pura existencia. Por eso sus poemas son alaridos de dolor, son gritos de angustia, de soledad, de frustración al ver a millones de personas que sufren. Su corazón desgarrado participa de las desgracias de los demás

También podíamos espigar en esta década de los cincuenta en el género dramático español, y más concretamente en lo que ya ha recibido el marbete de “generación realista” en el que el compromiso fue la palabra común de dicha generación y cuyos temas recordando al crítico Ruiz Ramón son los de la “injusticia social, la explotación del hombre por el hombre, las condiciones inhumanas de vida del proletariado, del desempleado y de la clase media baja, su alienación, su miseria y su angustia, la hipocresía moral y social de los representantes de la sociedad establecida y la desmitificación de los principios y de los valores que le sirven de fundamento, la discriminación social, la violencia y la crueldad de las buenas conciencias, la dureza, la impiedad e inmisericordia de la opinión pública, la condición inhumana de los humillados y ofendidos, del pobre suburbio, del hombre al margen, del hombre expoliado, en una palabra, de los viejos y nuevos esclavos de la sociedad contemporánea”.

Hoy, con un mundo avasallador, seguimos necesitando del arrojo de este puñado de jóvenes de los años sesenta, y también de los Miller, Beckett, Brecht, Buero, Artaud, Valle, Sastre; es decir, escritores comprometidos que no cierren los ojos ante la multiplicidad de hechos de la realidad. ¿Qué creéis que es si no un artista? nos dirá Pablo Picasso: “¿Un imbécil que no tiene más que ojos si es pintor, que oídos si es músico, que una lira en cada compartimento del corazón si es poeta? No, el artista es también un ser político, alguien que siempre está alerta ante los acontecimientos que se desarrollan en el mundo, sean desgarradores, ardientes o dulces, y que, a partir de ellos, se configura por completo así mismo. ¿Cómo es posible desinteresarse de los demás? ¿En función de qué olímpica indiferencia podría ser posible apartarse de una vida que los demás nos aportan con tal abundancia?” La libertad, la dignidad y el pensamiento de los seres humanos nos debe conducir necesariamente a la solidaridad, y mientras exista un ser falto de libertad, de cultura y de las mínimas necesidades para subsistir, nadie puede permanecer pasivo, y mucho menos denominarse de cristiano.
En la contraportada de Cuaderno de sarajevo Juan Goytisolo escribía: “El drama de Sarajevo no concluirá, como se cree, con un acuerdo firmado por presiones externas. Sin la solidaridad internacional, la ciudad corre el riesgo de seguir cercada, atormentada y dividida por los agresores, en un proceso gradual, pero definitivo, de palestinización del pueblo musulmán de Bosnia”.

Félix termina estas reflexiones mencionando a los que arriesgan sus vidas por la dignidad del hombre, y, sobre todo, aquellos que por defenderla cayeron impunemente asesinados. Sólo recordaré en este momento a dos: Monseñor Romero,  Arzobispo de San Salvador, que fue asesinado por su defensa de los débiles y en definitiva  por extender el espíritu cristiano, que no es otro que la entrega a los demás y la defensa de la dignidad del hombre. Y la otra persona, también asesinada, un tal Mekbel, periodista. Este un extracto del último artículo publicado en Le matin el 3 de diciembre de 1994, estremecedor:

“Ese ladrón que en la noche se pega las paredes para entrar en su casa, es él.
Ese padre que pide a sus hijos que no cuenten por ahí cuál es el feo oficio que ejerce, es él.
Ese mal ciudadano que se arrastra hasta el palacio de justicia, a la espera de comparecer ante los jueces, es él.
Ese individuo detenido en la redada del barrio y arrojado al fondo del camión por el culetazo de un fusil, es él. Él es quien, cada mañana, abandona su casa sin la seguridad de llegar al trabajo, y quien abandona su trabajo sin la certeza de llegar a su casa.
Ese vagabundo que ya no sabe en casa de quién pasar la noche, es él. Es él a quien amenazan en el secreto de un despacho oficial, el testigo que debe ocultar lo que sabe, ese ciudadano desnudo y desamparado…
Ese hombre que expresa su deseo de no morir estrangulado, es él.
Ese cadáver al que cosemos la cabeza decapitada, es él. Él es quien no sabe qué hacer con sus manos, sólo sus pequeños textos, él, que espera contra todo, porque, ¿no es cierto?, los rosales crecen hermosos sobre los montones de estiércol”.
Ojalá todos nos sintiéramos “él” cuando el dolor, la tristeza, el hambre, el raquitismo, la miseria, la injusticia se apoderan de otros seres…, entonces sí habríamos entendido el mensaje de la solidaridad.

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