Nuestros relatos

Sumérgete en las historias que cuentan los escritores del club

Esperando el paquete. Por Toni Uría

Érase una vez alguien que un día recibió una carta en la que se le comunicaba que había sido contratado para un trabajo que consistía en la llegada de un importante paquete. El sueldo era bueno, el horario también, y como estaba sin empelo lo aceptó. Debía empezar tal día a tal hora en la dirección indicada. El sobre, además, contenía lla llave que abría la puerta de su nueva oficina. A la mañana siguiente se presentó puntual en su nuevo puesto laboral. El edificio parecía abandonado, en medio de un descampado a las afueras de la ciudad. Dentro no había más que una pequeña mesa alta y un taburete. Se sentó en él y esperó a que llegara el paquete, pero la jornada finalizó sin que llegara. El siguiente día tampoco. Ni el otro. A la segunda semana entró una mosca y se entretuvo en perseguirla para sacarla fuera. Día después entró otra. Esa vez no la echó. A los pocos meses vino alguien que le preguntó por una calle y como no la conocía no le pudo ayudar. En una ocasión llegó un cartero con un sobre, pero llevaba la dirección equivocada y se la volvió a llevar.

Así pasaron los años, sin noticias del paquete. En ese tiempo leyó periódicos, noticias y libros, resolvió un sinfín de crucigramas, hizo barquitos de papel con el papel de los diarios, contó los pasos que tenía la oficina (de arriba a abajo, y de abajo arriba), contó las baldosas y las rayas que las separaban, cambió de lugar la alta mesa y el taburete…y no sé cuántas cosas más para entretener el aburrimiento.

 

Al menos cobraba puntualmente, recibía su dos pagas y se tomaba su mes de vacaciones. Veinte años después llegó un cartero y le entregó una carta que le notificaba su cese en la empresa por jubilación. Cerró la puerta de la oficina y no volvió más.  Al cabo de unos días llamó a la puerta de su casa un mensajero con un paquete con una citación para un juicio. Al parecer había habido un error. Durante años había estado recibiendo un sueldo por un trabajo que no le correspondía y debía devolverlo.

Barcelona. Por Carolina Itsaso

Toda la esencia de la gran Barcelona está en esta calle” (en la Rambla) Federico García Lorca

El templo de Augusto nos esperaba, pero cuando por fin alcanzamos la puerta abrigada por un laberinto de calles góticas, estaba cerrado.

Ya volveremos.

Hemos vivido una Barcelona revuelta, cegada. Todos pasamos por eso.

El Raval casi siempre huele a curry; delicioso el udón entre nuestra primera vez con palillos.

Tres veces de ida y vuelta por ese apetitoso escaparate de chocolate y crema casi nos convierte en clientes del año.

La Rambla sacudida por la codicia del ser humano. Hay que atravesarla para llegar a la catedral.

No es el mejor gofre que probaremos y no puedo parar de saborearlo porque ha sido contigo.

Quiero enseñarte la magia del Born y pasear tranquilos por Montjuic sin las prisas de un hotel de destino.

Las cañas que sirven en El Nacional me transportaron al París de los años 20 y me supieron a nervios y primeras veces.

Y fue ahí, en Plaza Cataluña donde mi voz pronunciaba tus buenos días.

Fue algo más lejos: un año después; viniste a buscarme. Y aunque tú digas que es un secuestro, bendigo el síndrome de Estocolmo.

La echo de menos.

Ya volveremos.

Cinco Señoritas. Por Toni Uría

Mostramos nuestros cuerpos desnudos para vosotros, escasamente cubiertos con transparentes cortinas de organdí; venid, alquiladnos por una hora, o por dos; fijaos en nuestros pechos puntiagudos como pirámides, en nuestros perfiles del bajo Nilo, en nuestros rostros como máscaras del África negra, en nuestras caderas afiladas como navajas; nos dirigimos a vosotros dos, sí, a ti, joven, no seas tímido, ¿acaso es tu primera vez?, seremos delicadas, ven, pasaremos un buen rato; también te decimos a ti, hombre maduro; decidnos, ¿qué buscáis en nosotras?, venid, os lo ofreceremos; comamos de la fruta prohibida, aquella por la que nuestros padres fueron expulsados del paraíso; refrescaos con el néctar de la sandía, endulzad vuestras bocas con estas uvas que arrancaremos una a una, con las brevas, con los alimentos de los dioses; ¿no os parecemos diosas?, cinco divinidades africanas, cinco venus nacidas en el mar, cinco afroditas salidas de la espuma de una ola, cinco dei- dades consagradas al amor, al deseo y a la belleza, dispuestas a percibir el mísero salario del pecado.

Así después, el otoño. Por Carolina Itsaso

Queda prohibido no crear tu historia, 
no tener un momento para la gente que te necesita, 
no comprender que lo que la vida te da, 
también te lo quita…” Pablo Neruda

Desde hacía unos días el otoño se había convertido en mi estación. La primavera como telonera del verano siempre me había despertado ternura, hasta que murió mi abuela y se llevó todos los colores de las flores. Ya no necesito pasearme por una primavera en escala de grises. Cerrad el telón, por favor. El verano con más recuerdos aún, encerrado en la troje guardando polvo, guardando que alguien considerado regrese y lo rescate. No seré yo, no, ya no. Tanta felicidad en risas infantiles violadas, dando paso a un dolor adulto, lleno y vacío a la vez. Sólo contradicciones. Troje de contradicciones.

Refugiarme entre remolinos de hojas secas, ocres, naranjas, amarillos. En armarios sin naftalina, con ropa de entre tiempo, esa que escasea.

 

 

 

 

Soy una persona de las que se empeñan, sin filtro: en lo que cree justo, en lo que cree necesario, en lo que quiere, en lo que siente, y también en olmos que no dan peras.

Y me empeñé en que su viaje no tenía nada que ver conmigo, si no lo pensaba, no sucedía. Hasta que las lágrimas arrasaran con el iris y se llevaran todo su azul y el brillo, y pincelar mis mejillas de acuarela.

Así después, el otoño.

Planisferio Venus. Por Sandra Izquierdo

Sus caderas en la luz se movían como las notas caídas en dominó que enciende la guitarra en un subir brusco de persianas. Como el derrapar de un coche o el fragor de una avioneta, su amor se deslizaba entre los contrastes cristalizados en brasa que causa la lluvia cuando uno corre en alegría y la convierte en piano. Jugaba a un duelo donde las balas resbalaban por su carretera como mis ojos por sus ropajes. El fuego del licor en mi garganta dejó de tener sentido cuando su mirada se incendió con el polvo de las llamas mientras su sonrisa marcaba el tempo de la canción estancada que ahora tengo en la cabeza cada mañana.

Ni siquiera tus palabras John, podrían sacarme la gravedad de esos tambores que encadenaban y encajaban tan perfectamente con el ritmo de mis latidos. Otro giro degradado ascendiente de guitarra en su parpadeo y casi me olvido de que no era un sueño. Si te digo que el licor aún me sabe a corazón roto en fragmentos estelares, no te extrañe que ella pudiera coger el serrín y construir otra danza embrujada al lanzarlo al fuego. La luna sabe que la reacción de esa composición química es lo suficientemente explosiva como para recrear la vida en la tierra y ver de nuevo mi renacer en sus caderas entre sombras cada noche hasta emborracharme en resaca al desvelarme ciego durante madrugada.

Ni si quiera al despertar ella deja de estar. Las aves son como sus dedos en el vaho marcando recuerdos en mis ventanas. En esos sueños su pelo dibuja cordilleras al volar en el viento John…veo como se delinean las coordenadas de las órbitas que hipnotizan al sol mientras todo en mi gira. Me atrae como cuando me balanceo conducido por el oleaje del mar y me seduce como las caricias de la arena al escurrirse en mi piel. Como una gota cuando cae en el agua, ella traza en expansión las ondas que conducen a todos esos planetas y todas sus existencias hasta sus cordilleras.

Ensayo sobre la ceguera. Por Carolina Itsaso

Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran” José Saramago

Tengo más cartas por si quieres leerlas. A veces cuando escribo imagino que toco el piano y que cada palabra se une con otra en una melodía que suena, si bien o mal, dímelo tú. De eso trata mi fe, sumisa a tus juicios y al látigo de tu voz. Ciega. Hoy estoy triste. No suele ser mi estado natural. Es tormentoso. Sé el aspecto que tiene un huracán, alguna vez lo vi por televisión, también un tsunami. Y ahora sin verlos, puedo sentir su devastación dentro de mí. No se lo llevan todo. Qué cruel.

Dibujo dos volcanes azules arrojando lágrimas vacías y un pentagrama de notas graves para mi piano.-¿De verdad me escuchaste cuando te dije que quería una vida fácil? Se aleja. Hace tiempo ya que no me escucha.

A mi lienzo no le va bien la oscuridad de tu indiferencia, las frases sin terminar, las conversaciones pendientes, los besos perdidos.

 

No le va bien el silencio, porque paradójicamente ese silencio presenta un ruido siniestro. El tsunami me trata como tú, no arrasa del todo, me deja incompleta.

Terminadme, por favor, sin vida o con amor. Grito. Pero ya no me escucha. Hace tiempo que dejó de hacerlo.

La calle sin nombre. Por Toni Uría

Paseo por una calle sin nombre de una ciudad que casi he olvidado.

«¡Quisiera ser tan libre como el esclavo de un campesi- no!», interrumpe mis pensamientos el grito desesperado de un loro enjaulado. Una monja tropieza delante de mí y de milagro consigue mantener el equilibrio. «Es lo que tiene trabajar para Dios», me digo. Un turista acerca la cabeza a una fuente. «No bebas o no volverás», le advierte el agua antes de caer en su boca.

Paseo por la calle de la memoria a miles de kilómetros de distancia de mi ciudad. «Es en la nostalgia donde encontramos el paraiso», me devuelve a la realidad una voz metálica que sale de dentro de mi televisor.

La isla que amaba el viento. Por Carolina Itsaso

“Y esta isla, esta venturosa isla de Fuerteventura, este afortunado rincón de enjuto sosiego, esta… ¡vaya si existe!    …Existe y tiene su estilo, el estilo de la desnudez, el estilo de la sinceridad toda ella. Aquí no hay embuste ni ficción.”  Miguel de Unamuno.

Ventanas, ruinas y recovecos, contrastes de azul y negro, ocre y azul. Ya verás que esta isla no tiene nada, el paisaje es árido, no hay árboles, pero te gustará. Dejé que cargase el equipaje en el todoterreno y me acomodé en el asiento delantero. Había madrugado mucho para coger ese vuelo y aún me costaba salir del estado de letargo, resaca del sueño…

Era cierto, no había árboles, en su gama de pantones se habían olvidado incluir el verde. Montañas y volcanes amenazados, flotando sucumbidos y expectantes, fundidos en un horizonte de playas salvajes al oeste y playas calmas y cristalinas al este.

Si fuese una mujer no sería delicada, te enmarañaría el pelo con un solo aliento, tendría las manos ásperas, calima del desierto, tendría la voz grave y la piel seca. Si fuese una mujer, sería cálida, condescendiente, comprensiva, maternal. Y sin serlo, desde el primer momento, supe que jamás podría dejar de amarla.

 

Microrrelato escrito en un círculo de tiza kafkiano. Por Toni Uría

La exposición consistía en varias bañeras de un metro ochenta de largo por setenta de ancho y sesenta de profundidad, dispuestas en una sala vacía del museo. Los visitantes se sumergían en ellas, cerraban los ojos, relajaban la mente y el cuerpo, y sentían cómo el agua les llenaba poco a poco los pulmones hasta causarles la muerte.

El piso vacío. Por Carolina Itsaso

“Serio retrato en la pared clarea
todavía. Nosotros divagamos.
En la tristeza del hogar golpea
el tic-tac del reloj. Todos callamos.”
Antonio Machado

El olor a especias al entrar en casa despertaba tu recuerdo y me embriagaba el alma de añoranza pero también de alegría. Seguías aquí. Parte de ti, parte de mí contigo.

Eran dos instantes al día, a la tarde, cuando regresaba del trabajo; el olfato se hacía a la soledad de nuevo, sin resistencia a otros aromas que formaban parte de la rutina, esclavos por los que no vivimos conscientemente, preocupados, pre-ocupados. Pre o post y nunca ahora. Y se hace tarde, y eso tarde a lo que no llegas relegándolo inalcanzable al futuro, se hace presente. Y deja de ser presente para ser culpa y arrepentimiento. Dos palabras que son lo mismo: Post o pre y nunca ahora.

Ya ves que hoy me he detenido más, he dejado vagar mi inconsciencia por reflexiones, navegar por ollas hirviendo de canela, clavo y jengibre y acabar en tu piel, blanca y fría, fría, fría…

El piso vacío. Vine a despedirme.

Ella, la que no llena tu hueco y sí tu lado de la cama, y sí tus sartenes, y sí mis ojos. No lo entendería. Y qué fácil me lo sirve, así, en su complejidad…este egoísta no quiere compartirte.

Sigh.

Sigh.

Sigh.

Sólo vine a despedirme.

 

 

El futuro de nuestra especie. Por Toni Uría

Encerrado en una burbuja de plástico, aguardaba paciente que un insecto se colara por alguno de los tubos que lo mantenía unido con el exterior. Esperar al insecto consis- tía su única distracción. Cada tubo tenía una función específica. Uno lo alimentaba con continuos goteos de suero. Otro le permitía respirar. Un tercero le machacaba con la misma música. Del cuarto provenía una voz metá- lica que le repetía la misma frase: Eres el futuro de nuestra especie. El experimento duraba ya cuatro meses y en este tiempo, el hombre encerrado en la burbuja, no había visto un solo ser humano. Una vez se coló una mosca por el tubo de respiración. Se golpeó varias veces contra las paredes de plástico hasta que, agotada, cayó muerta a los pies del hombre. Su primer contacto con un ser vivo en cuatro meses duró apenas unos minutos, y aun así, su muerte le ocasionó una inmensa tristeza. Hasta que no apareció la mosca, no supo lo solo que se encontraba. Desde entonces espera que cualquier otro insecto se cuele, por equivoca- ción, por alguno de los tubos.

De tú a tú conmigo. Por Carolina Itsaso

Salté dentro del espejo para poder hablar de tú a tú conmigo, sin cristal de por medio. Una vez dentro sólo estaba yo, desde otra perspectiva. No yo con mi yo reflejado. Sólo habíamos cambiado de posición, ahora yo dentro, él fuera…¿o al revés? ¿quién seguía siendo el prisionero?

Salí de ahí o volví a entrar, no lo tengo claro; ni eso, ni nada…

La vecina de abajo, en un alarde de derecho absoluto, daba golpes con el palo de la escoba (o de la fregona, o a saber lo que una persona aburrida puede sostener junto a su alegría polvorienta) en su techo, que era mi suelo. De las pocas veces al día que solía estar encima de alguien.

Hablo muy alto, porque en mi tierra se habla muy alto. Tan alto como habla nuestro corazón. Una transparencia que por lo que se ve, molesta.

Hablo muy alto, pero no me escucho.

Abrí la puerta y salí al rellano dispuesto a ir en busca de otro espejo. Era cuestión de vida o muerte. Lo fácil era lo último, 3 somníferos y un trago de whisky. Eternidad. Tentador. Como siempre me gustó complicarme, por mera práctica lo complicado me resultaba fácil, y entre esas dos facilidades, me incomodaba más la idea del alcohol que me repugnaba inmensamente. Aunque en mi lista de intolerancias el alcohol estaba por debajo de las mayorías, odiosos estandartes de la mediocridad. Necios unidos por su cobardía con algún listo sin escrúpulos adherido a sus filas para sacar provecho. Y ambos necios, que hacen de esta comunidad un paraíso de la hostilidad, depresión, del cinismo. Un paraíso anodino. Bueno, puede que incluso me desagraden a la par. La mayoría bebe.

 

No tuve que salir del edificio, en el vestíbulo, un espejo enorme era el testigo de las idas y venidas de los inquilinos de los siete pisos que sostenía aquel viejo inmueble. Una masa de hormigón y de tuberías oxidadas que conducían agua sucia. “Me estoy haciendo mayor” – me parecía escucharle cada mañana. O igual era yo, hablando muy alto de nuevo.

– ¡Tú, yo! no sé cómo llamarte… Ahora no puedes escapar, ahí hay espacio para los dos. Voy a entrar, no huyas por favor – pensé que este ruego sería en vano y que terminaría atrapado en otro bucle existencial, monólogo por banda en una conjura contra la señora del sexto, pero sobre todo contra mí mismo.

Mi yo reflejado, irreal, real o el yo original,  debió intuir que no desistiría de tal necesidad, y cuando salté, allí me esperaba hierático.

– ¿Nos queremos de una vez?

El rincón de los escritores

Toni Uría
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Sandra Izquierdo
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Carolina Itsaso
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Mónica Miguel
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